sábado, 2 de noviembre de 2013

El triángulo rosa

Una mañana de septiembre de 1924, Heinrich Himmler viajó en tren desde Landshut, la población bávara donde vivía, con destino a Passau. Para leer durante el trayecto, Himmler eligió uno de entre los casi seis mil libros que tenía en su biblioteca. Eligió para ese viaje la obra que el historiador romano Tácito escribió sobre las tierras y las gentes de lo que entonces se llamaba Germania. 

La periodista y profesora ambulante Heather Pringle cuenta en un libro excelente (El plan maestro) la influencia que esa lectura tuvo en el entonces coordinador del ilegalizado partido nazi. 

Tácito, que pasó su infancia bajo los escandalosos excesos de Nerón, nunca pisó Germania, pero veía en aquellos pueblos el primitivismo y la pureza de costumbres que, según él, se habían perdido en Roma. En el capítulo XII de ‘Germania’, Tácito relata los castigos que los germanos decretaban en sus asambleas. ‘A los traidores y desertores se les cuelga de un árbol; al cobarde, al poco belicoso, y al hombre manchado de vicios abominables, se le arroja al lodo de la ciénaga’. Himmler encontró en la lectura de Tácito una razón histórica sobre la superioridad de la raza aria y también una justificación para el exterminio de los homosexuales.

A finales del siglo XIX, en unos terrenos pantanosos cerca de la localidad holandesa de Assen, se descubrieron unas extrañas momias. Pertenecían a la época de Tácito, siglos I y II d. C., y los cuerpos habían sido mutilados con crueldad antes de arrojarlos a las tierras anegadas de la turbera. Algunos habían sido estrangulados con tres correas alrededor del cuello, otros decapitados y algunas momias presentaban muestras evidentes de evisceración y otras aparecían con algún miembro amputado. Se conserva, en relativo buen estado, la momia de una muchacha pelirroja de unos dieciséis años. El cabello ha mantenido su color entre la turba durante dos mil años.

El hecho de que aquellos cuerpos hubieran sido torturados con tal saña, llevó a los investigadores a preguntarse qué clase de delitos habrían podido cometer. Según unos se trataba de prisioneros de guerra. Otros, basándose en el atuendo bastante lujoso de los cadáveres, sostenían que se trataba de honrados miembros de la sociedad, elegidos como sacrificio para los dioses. Otros, por último, siguiendo a Tácito, pensaban que era la muerte dada a los cobardes y a los homosexuales. 
Herbert Jankuhn, uno de los arqueólogos más prestigiosos y respetados de Alemania, fue de los que sostuvo que los cuerpos encontrados eran de homosexuales. Antes del inicio de la guerra se afilió al partido nazi y desde entonces colaboró estrechamente con Himmler en la búsqueda de los antepasados de la raza aria pura. De esta manera, con la lectura de Tácito, las momias mutiladas de la turbera de Assen y los trabajos de Herbert Jankuhn y otros investigadores, Himmler llegó a la convicción de que los arios (los germanos) habían perseguido y exterminado desde siempre a los homosexuales.

En 1937, diez años después de ese viaje de Himmler desde Landshut a Passau, quince mil sospechosos de homosexualidad fueron detenidos en sus casas, en los bares, en los hoteles y balnearios, confiscadas sus agendas, y deportados a campos de concentración. De las quince mil personas detenidas, nueve mil murieron en los campos. Allí su distintivo era un triángulo rosa que los calificaba entre los prisioneros más despreciables. Muchos de ellos fueron torturados y mutilados en pretendidos experimentos científicos.

2 comentarios:

  1. ¡Que poco evoluciona la raza humana! ¡Chapó por este nuevo y estupendo artículo!

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  2. No todos, Pepa, algunos vamos a mejor.

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