miércoles, 13 de noviembre de 2013

El arbitrista impenitente

Llevo un rato y dos cigarros, pensando cómo dar comienzo a este artículo.

En realidad quería dedicar la mañana a leer el libro de poemas que me envía un amigo, cuando al encender el ordenador y mirar las noticias leo el titular motivo de mi confusión y de mi zozobra mañanera.

Los arbitristas fueron unos curiosos personajes que florecieron en la España de los Austrias. Entrampados nuestros monarcas, y por lo tanto el estado, con media Europa, los arbitristas mandaban a los reyes sesudos memoriales llenos de disparates sobre las más absurdas maneras o arbitrios para acrecentar fácilmente la riqueza del tambaleante imperio. Como el arbitrista de ‘El coloquio de los perros’, que propone al rey que decrete un día obligatorio de ayuno al mes para todos sus súbditos de entre catorce a sesenta años. Lo recaudado, al arca real. Menos mal que nuestros políticos de ahora, tan atareados, tienen poco tiempo para el gran Cervantes.

En otra ocasión quizá valga la pena hablar un poco de estos arbitristas. Los serios y razonables, que los hubo, y los disparatados o ‘locos repúblicos’, como los llama Quevedo y que son más divertidos. Pero el motivo de mi asombro, de este artículo y del recuerdo de los arbitristas es este titular: ‘Si el trabajo se viera como una obligación, no como un derecho, se terminaría el paro’.

Pienso que se trata de una frase entresacada para llamar la atención y que el artículo mitigará mi sobresalto. ¡Qué equivocado estaba!

El artículo es una entrevista con un personaje de azul y gran reloj de oro en la muñeca, que dice ser delegado de una empresa española vendida a otra japonesa por no sé cuántos cientos de millones de euros. Leyendo la noticia no me entero muy bien de qué les hemos vendido nosotros ni qué nos han comprado los japoneses; algo de consultoría, creo, pero que vale una pasta.

El personaje de azul y reloj grande de oro no desaprovecha la ocasión para hacer un alarde de confusión mental en el que se mezcla la genética (habla del ADN de la empresa), el darwinismo social (‘ahora no tenemos ninguna excusa para ser los mejores’) y  la ética (‘ser libre (…) empresarialmente es complicado de gestionar’).

Y así estaba yo, tomando estas notas para ver cómo exponía mi sorpresa y mi incredulidad cuando el azar me salva al encontrarme los primeros comentarios al final de la entrevista.

‘¿Cómo un majadero puede llegar tan alto?’ se pregunta el primero. Otro habla de ‘filosofía de ‘’cafetería’’ soltando majaderías sin el menor rubor’. El siguiente tiene conocimientos más próximos del personaje: ‘Vergüenza sentimos quienes trabajamos en esta empresa con este tipo de comentarios’. Se refiere a las opiniones del consejero delegado en traje azul. Añado el último por no cansar más ‘… y si en vez de trabajadores tuviéramos esclavos, sería todo más fácil’.

Con los Austrias florecieron los arbitristas, pero los de traje azul y gran reloj de oro en la muñeca, no son locos ‘repúblicos’ sino el rostro más descarnado, la cara más real, aunque grotesca, de eso que en abstracto llamamos la crisis.

martes, 5 de noviembre de 2013

Dos destierros

Me llama un amigo cuando todavía no he abierto el ordenador esta mañana para recordarme que se cumple hoy medio siglo desde aquella otra mañana en que Luis Cernuda muriera en la hospitalidad de Concha Méndez. Me llama para decirme que me guarda el suplemento que ABC dedica a Cernuda. Mi amigo, como Cernuda, es sevillano. Me pregunta mientras me tomo el primer café del día  y me enveneno con el primer cigarro, si me gusta la poesía de Cernuda.

Me sorprende que mi amigo no me pregunte si he leído a Cernuda y luego si me gusta. O qué libros conozco de él y cuál prefiero, por ejemplo. O qué poemas dentro de esos libros.

Estas formulaciones al preguntar sobre la obra de algún artista son bastante frecuentes. He asistido a durísimos debates, en la barra de un bar, sirva eso como disculpa, sobre Lorca, entre personas que habían leído casi nada, por no decir nada, de Lorca. ¿Quién te gusta más, Dalí o Picasso? es otra de esas preguntas que sorprenden. Pues me gustan los dos de distinta manera y además depende incluso de en qué momento o situación. Pero nadie nos pregunta cuántos cuadros de Dalí hemos visto y dónde, o qué conocemos de la inmensa obra de Picasso.

Toda mi generación, la de aquellos que empezaron a publicar a finales de los sesenta, era cernudiana. Los poetas anteriores, Claudio Rodríguez, el grupo Cántico de Córdoba, Francisco Brines, Gil de Biedma, César Simón, nos dieron a conocer a Cernuda.

En las referencias de la prensa de hoy sobre Cernuda, se recuerdan algunos hechos biográficos, se publican comentarios o selecciones de versos hechas por poetas contemporáneos, y se alude, en muchas de esas referencias, a la vida amorosa del poeta.

Yo no recuerdo, en conmemoraciones similares de Pedro Salinas o de Juan Ramón Jiménez o de Bécquer, que se aludiera a sus amantes. Sería un filón periodístico.

Pero sucede que cuando el homenajeado, el rememorado es homosexual, se hurga en sus amoríos, como si esa preferencia fuera una señal distintiva, y por lo tanto digna de mención, cosa que rara vez se menciona en los demás casos.
Cernuda me llegó de la mano de Jenaro Talens, que preparaba su tesis de licenciatura sobre el poeta del 27, y de las conversaciones con César Simón, que tituló uno de sus más hermosos relatos con un verso de Cernuda, Entre un aburrimiento y un amor clandestino, y de Juan Gil-Albert, que nos hablaba de los días en Valencia cuando el Congreso Internacional de Escritores Antifascista y de Cernuda en Méjico.

Hay dos poemas que leí en esa época y que sigo leyendo con igual fervor. Expresan su destierro, su orfandad literaria y un grito contra el olvido al que le echaban.

El primero es el que dedica a Góngora:

El andaluz envejecido que tiene gran razón para su orgullo,
el poeta cuya palabra lúcida es como diamante,
harto de fatigar sus esperanzas por la corte,
harto de su pobreza noble que le obliga
a no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya
    que las sombras,
más generosas que los hombres, disimulan
en la común tiniebla parda de las calles
la bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de
    su traje;
harto de pretender favores de magnates,
su altivez humillada por el ruego insistente,
harto de los años tan largos malgastados
en perseguir fortuna lejos de Córdoba la llana y de su
    muro excelso,
vuelve al rincón nativo para morir tranquilo y silencioso.

Es la pobreza del desterrado aun viviendo entre los suyos que se muestra como estigma de un doble fracaso social y literario. A Góngora, al menos, le queda el ‘rincón nativo para morir tranquilo y silencioso’.

El segundo poema que recuerdo de esos años, entre otros, claro, es más crudo, más directo en la violencia verbal de ese diálogo que Cernuda entabla con sus paisanos a quien dedica el poema.

A SUS PAISANOS

Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria,
vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.
Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre
aquí. Y entonces la ignorancia,
la indiferencia y el olvido, vuestras armas
de siempre, sobre mí caerán, como la piedra,
cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
a otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
precipitó en la nada, como al gran Aldana.

Hasta de la lengua que comparte con ellos reniega Cernuda:

… en nuestra lengua escribo,
criado estuve en ella y, por eso, es la mía,
a mi pesar quizá, bien fatalmente. Pero con mis
    expresas excepciones,
a vuestros escritores de hoy ya no los leo.
De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente,
escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros
al viento del olvido que, cuando sopla, mata.

Sólo Cernuda supo ver la humillación del ‘tafetán’ gastado por el uso y compartir el destierro interior de Góngora el altivo, refugiado entre los callejones de Córdoba la llana.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El triángulo rosa

Una mañana de septiembre de 1924, Heinrich Himmler viajó en tren desde Landshut, la población bávara donde vivía, con destino a Passau. Para leer durante el trayecto, Himmler eligió uno de entre los casi seis mil libros que tenía en su biblioteca. Eligió para ese viaje la obra que el historiador romano Tácito escribió sobre las tierras y las gentes de lo que entonces se llamaba Germania. 

La periodista y profesora ambulante Heather Pringle cuenta en un libro excelente (El plan maestro) la influencia que esa lectura tuvo en el entonces coordinador del ilegalizado partido nazi. 

Tácito, que pasó su infancia bajo los escandalosos excesos de Nerón, nunca pisó Germania, pero veía en aquellos pueblos el primitivismo y la pureza de costumbres que, según él, se habían perdido en Roma. En el capítulo XII de ‘Germania’, Tácito relata los castigos que los germanos decretaban en sus asambleas. ‘A los traidores y desertores se les cuelga de un árbol; al cobarde, al poco belicoso, y al hombre manchado de vicios abominables, se le arroja al lodo de la ciénaga’. Himmler encontró en la lectura de Tácito una razón histórica sobre la superioridad de la raza aria y también una justificación para el exterminio de los homosexuales.

A finales del siglo XIX, en unos terrenos pantanosos cerca de la localidad holandesa de Assen, se descubrieron unas extrañas momias. Pertenecían a la época de Tácito, siglos I y II d. C., y los cuerpos habían sido mutilados con crueldad antes de arrojarlos a las tierras anegadas de la turbera. Algunos habían sido estrangulados con tres correas alrededor del cuello, otros decapitados y algunas momias presentaban muestras evidentes de evisceración y otras aparecían con algún miembro amputado. Se conserva, en relativo buen estado, la momia de una muchacha pelirroja de unos dieciséis años. El cabello ha mantenido su color entre la turba durante dos mil años.

El hecho de que aquellos cuerpos hubieran sido torturados con tal saña, llevó a los investigadores a preguntarse qué clase de delitos habrían podido cometer. Según unos se trataba de prisioneros de guerra. Otros, basándose en el atuendo bastante lujoso de los cadáveres, sostenían que se trataba de honrados miembros de la sociedad, elegidos como sacrificio para los dioses. Otros, por último, siguiendo a Tácito, pensaban que era la muerte dada a los cobardes y a los homosexuales. 
Herbert Jankuhn, uno de los arqueólogos más prestigiosos y respetados de Alemania, fue de los que sostuvo que los cuerpos encontrados eran de homosexuales. Antes del inicio de la guerra se afilió al partido nazi y desde entonces colaboró estrechamente con Himmler en la búsqueda de los antepasados de la raza aria pura. De esta manera, con la lectura de Tácito, las momias mutiladas de la turbera de Assen y los trabajos de Herbert Jankuhn y otros investigadores, Himmler llegó a la convicción de que los arios (los germanos) habían perseguido y exterminado desde siempre a los homosexuales.

En 1937, diez años después de ese viaje de Himmler desde Landshut a Passau, quince mil sospechosos de homosexualidad fueron detenidos en sus casas, en los bares, en los hoteles y balnearios, confiscadas sus agendas, y deportados a campos de concentración. De las quince mil personas detenidas, nueve mil murieron en los campos. Allí su distintivo era un triángulo rosa que los calificaba entre los prisioneros más despreciables. Muchos de ellos fueron torturados y mutilados en pretendidos experimentos científicos.

viernes, 1 de noviembre de 2013

La estampida

Este artículo iba a tratar de otro asunto y por lo tanto a titularse de forma diferente.

‘Sed y cuchillas’ se llamaba ese artículo que ya no escribiré. Lo titulaba así porque leí, y luego vi en los telediarios, la espantosa muerte de casi un centenar de personas, entre ellas treinta y dos niños. Murieron de sed, a tan sólo diez kilómetros de un pueblo en la frontera con Libia. Allí estaba el agua, pero después de tantos días de desierto encontraron sus cuerpos desperdigados en pequeños grupos de muerte sobre la arena.

Murieron de sed, cosa que nosotros sólo podemos imaginar que ocurra en las películas. Pero murieron de sed, de pura sed, y ocurrió no en un mundo de novela, no, sino a unos kilómetros, no tantos, de aquí y ocurrió ayer.

Las cuchillas de ese artículo que no escribiré, son las que han clavado ahora en la empalizada de Ceuta o de Melilla, qué más da, para rasgar la carne negra de los desesperados. Sed y cuchillas, distinta muerte para un mismo afán, para una misma huida de una miseria insoportable.

Y piensas, siempre, ante el horror humano, que este no puede ser un mero azar, que un orden injusto, un reparto asesino de los bienes los mató de sed.

Eso pensaba, y ‘Sed y cuchillas’ iba a titularse ese artículo. Pero veo en el telediario el comentario jocoso-irónico sobre los diputados votando apresuradamente el liviano asunto de las pensiones, y saliendo en estampida en busca del último AVE o del penúltimo avión.

No voy a conjeturar ni a ironizar sobre sus razones. No las conozco.

Pero recordé una novela que me impresionó mucho en mi adolescencia. Se llamaba "La estampida". Creí que era de Faulkner, pero Google me dice que no y que una vez más me falla la memoria.

Cuenta la historia de un pastor de ovejas que avaricia tener el rebaño más grande del contorno. Engaña, traiciona, estafa y lo consigue.

El final ya lo dice el título. En una estampida de las ovejas lo pisotean y lo matan.

Sus señorías saliendo del hemiciclo me recordaron esa novela.

¿Quién ha creado el monstruo?