Me llama un amigo cuando todavía no he abierto el ordenador esta mañana para recordarme que se cumple hoy medio siglo desde aquella otra mañana en que Luis Cernuda muriera en la hospitalidad de Concha Méndez. Me llama para decirme que me guarda el suplemento que ABC dedica a Cernuda. Mi amigo, como Cernuda, es sevillano. Me pregunta mientras me tomo el primer café del día y me enveneno con el primer cigarro, si me gusta la poesía de Cernuda.
Me sorprende que mi amigo no me pregunte si he leído a Cernuda y luego si me gusta. O qué libros conozco de él y cuál prefiero, por ejemplo. O qué poemas dentro de esos libros.
Estas formulaciones al preguntar sobre la obra de algún artista son bastante frecuentes. He asistido a durísimos debates, en la barra de un bar, sirva eso como disculpa, sobre Lorca, entre personas que habían leído casi nada, por no decir nada, de Lorca. ¿Quién te gusta más, Dalí o Picasso? es otra de esas preguntas que sorprenden. Pues me gustan los dos de distinta manera y además depende incluso de en qué momento o situación. Pero nadie nos pregunta cuántos cuadros de Dalí hemos visto y dónde, o qué conocemos de la inmensa obra de Picasso.
Toda mi generación, la de aquellos que empezaron a publicar a finales de los sesenta, era cernudiana. Los poetas anteriores, Claudio Rodríguez, el grupo Cántico de Córdoba, Francisco Brines, Gil de Biedma, César Simón, nos dieron a conocer a Cernuda.
En las referencias de la prensa de hoy sobre Cernuda, se recuerdan algunos hechos biográficos, se publican comentarios o selecciones de versos hechas por poetas contemporáneos, y se alude, en muchas de esas referencias, a la vida amorosa del poeta.
Yo no recuerdo, en conmemoraciones similares de Pedro Salinas o de Juan Ramón Jiménez o de Bécquer, que se aludiera a sus amantes. Sería un filón periodístico.
Pero sucede que cuando el homenajeado, el rememorado es homosexual, se hurga en sus amoríos, como si esa preferencia fuera una señal distintiva, y por lo tanto digna de mención, cosa que rara vez se menciona en los demás casos.
Cernuda me llegó de la mano de Jenaro Talens, que preparaba su tesis de licenciatura sobre el poeta del 27, y de las conversaciones con César Simón, que tituló uno de sus más hermosos relatos con un verso de Cernuda, Entre un aburrimiento y un amor clandestino, y de Juan Gil-Albert, que nos hablaba de los días en Valencia cuando el Congreso Internacional de Escritores Antifascista y de Cernuda en Méjico.
Hay dos poemas que leí en esa época y que sigo leyendo con igual fervor. Expresan su destierro, su orfandad literaria y un grito contra el olvido al que le echaban.
El primero es el que dedica a Góngora:
El andaluz envejecido que tiene gran razón para su orgullo,el poeta cuya palabra lúcida es como diamante,harto de fatigar sus esperanzas por la corte,harto de su pobreza noble que le obligaa no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, yaque las sombras,más generosas que los hombres, disimulanen la común tiniebla parda de las callesla bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado desu traje;harto de pretender favores de magnates,su altivez humillada por el ruego insistente,harto de los años tan largos malgastadosen perseguir fortuna lejos de Córdoba la llana y de sumuro excelso,vuelve al rincón nativo para morir tranquilo y silencioso.…
Es la pobreza del desterrado aun viviendo entre los suyos que se muestra como estigma de un doble fracaso social y literario. A Góngora, al menos, le queda el ‘rincón nativo para morir tranquilo y silencioso’.
El segundo poema que recuerdo de esos años, entre otros, claro, es más crudo, más directo en la violencia verbal de ese diálogo que Cernuda entabla con sus paisanos a quien dedica el poema.
A SUS PAISANOS
…
Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria,
vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.
Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre
aquí. Y entonces la ignorancia,
la indiferencia y el olvido, vuestras armas
de siempre, sobre mí caerán, como la piedra,
cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
a otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
precipitó en la nada, como al gran Aldana.
…
Hasta de la lengua que comparte con ellos reniega Cernuda:
… en nuestra lengua escribo,
criado estuve en ella y, por eso, es la mía,
a mi pesar quizá, bien fatalmente. Pero con mis
expresas excepciones,
a vuestros escritores de hoy ya no los leo.
De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente,
escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros
al viento del olvido que, cuando sopla, mata.
…
Sólo Cernuda supo ver la humillación del ‘tafetán’ gastado por el uso y compartir el destierro interior de Góngora el altivo, refugiado entre los callejones de Córdoba la llana.
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